02 noviembre 2009

Una vida sin ti... Capítulo 3

Al terminar de cenar, Daphne dejó a las mujeres de la casa limpiar. Era ordenada, pero la cocina la seguía superando. Después, los niños empezaron a cabecear, los más pequeños a caer en los brazos de sus padres, o en sillones, y los más grandes a quejarse de querer ir a casa. Eran pasadas de las once cuando sus hermanos se fueron. Se sorprendió al ver que Darien también se marchaba.

― ¿Qué, ahora ya eres un hombre independiente?

Daphne soltó una risilla de su propio chiste. Darien había sido una sorpresa para la familia. Ella tenía seis años cuando él llegó a la casa, Daria ocho y Dillon diez. Y ahora, veintisiete años después, su pequeño hermano ya no era tan pequeño.

Se acercó para revolotearle el cabello castaño oscuro, igual al de todos sus hermanos. Le había pasado sus buenos centímetros, al menos era más alta que Daria, que desde el instituto parecía no haber crecido… hacia ningún lado.

― Daffy, tienes que ponerte al corriente de ciertas cosas. ― Le dio un beso en la mejilla ― Si vas al centro, llámame y te llevaré a dar la vuelta.






Darien salió con paso calmado, ajustándose la cazadora de cuero negro, mientras que ella se recargó en el marco de la puerta.

― Genial, y si quieres llevo mi collar, ladro “Guauu Guauu” y muevo la cola.

― Sería genial… pero lo dejaremos para otra ocasión.

― Lárgate, tonto. Ten cuidado por favor.

Lo observó levantarse el cuello de la americana y perderse en la noche. Después de unos minutos, sin mirar la nada, entró a la calidez de casa. Su madre se despidió de ella, dándole un beso de buenas noches. Daphne no le quitó el ojo hasta verla entrar en su cuarto. Su madre se veía normal, no entendía la inquietud de Daria. Hablaría con su hermana en la mañana.

Salió al porche trasero, donde vio la silueta de su padre, sentado en las escaleras. Vio la cortina de humo salir de donde estaba él, y no era precisamente el vapor producido por el frío, cuando el olor a tabaco le llegó a sus fosas nasales, haciéndola fruncir el ceño. Estaba fumando. Caminó hacia él, sonriendo y la risa fue más fuerte cuando lo vio esconder rápidamente el cigarro.

― Tranquilo papá, soy yo. Mamá ya se acostó.

Dan dejó salir un ronco tosido, y se giró hacia su hija, colocándose una mano en el pecho.

― Oh cielos pequeña, me has dado un buen susto.

Llegó a los escalones y se sentó a su lado, abrazándolo de un brazo, aferrándose a su calor. Olía a tabaco, a la misma colonia dulce y masculina que recordaba desde su infancia, y a papá. Se enterró en su brazo, con los ojos cerrados, aspirando el aroma.

― ¿No habías dejado de fumar hace años?

― Es una ocasión especial.

Disminuyó la fuerza del abrazo y lo miró a los ojos. El mismo bigote tipo Ringo Star que recordaba desde que tenía memoria,

― Eres un gran mentiroso, pá.

― Al menos no lo hago tan seguido. Por los niños.

Miraron hacia el patio, que daba al patio trasero de los Woodburg, pero las luces estaban apagadas.

― Los padres de Kane no están ― comentó Dan al ver la mirada de su hija fija en la casona de los W ― se fueron a un viaje al Caribe o algo así, tendrá cosa de unos dos meses. Kane lo pagó todo. Y él aún no regresa del comedor.

Daphne apretó los labios y bajó la mirada. No quería hablar de ello, así que suspiró y miró hacia adentro de la casa, pensando en su madre.

― ¿Cómo van las cosas?

― Por aquí estamos muy bien.

Quería preguntar por su madre, pero ¿y si su padre no sabía nada tampoco? Sólo le alteraría los nervios. Hablaría con Daria mañana a primera hora. Miro el árbol que hasta la fecha no sabía de que era, y los columpios que había sido sus juegos, y ahora eran los juegos de sus sobrinos. Ella era la que había pasado más tiempo en aquellos juegos, mientras que sus hermanos…

― ¿Te acuerdas de las noches que pasabas reconfortándome porque los chicos no querían llevarme con ellos? Incluso Darien salía con sus amigos y sólo tenía seis años. Pero yo…

Dan asintió, pasándole el brazo por la espalda, y acercándola más hacia él.

― Claro que sí, llorabas más que todos sus sobrinos juntos. Pero sólo conmigo. Cuando llegaba tu madre o alguien ajeno, las lágrimas se te secaban. No te gustaba que nadie te viera llorar.

― Aún me sigue sin gustar.

― ¿Y como va el trabajo?

Era la primera persona que le preguntaba sobre ello y sus ojos brillaron.

― ¡Genial! Me dieron la oportunidad de trabajar en estar en Hawai para poder estudiar un cúmulo extragaláctico y ver su… ― el entusiasmo se apagó al ver la mirada de “no entiendo nada pero te oigo” de su padre. Sonrió y le dio un beso en la mejilla, sólo por preguntar. ― Me va muy bien papá, muy bien.

Levantó su mano y acarició el rostro de Daphne, acomodando su cabello detrás de su oreja. Sus hijos habían crecido frente a sus ojos, y los años habían pasado demasiado rápidos.

― Siempre fuiste especial.

Daphne estiró los labios, forzando la sonrisa.

― Sí, siempre fui la rara de la casa.

Dan la obligó a mirarlo.

― He dicho especial, no rara.

― ¿Rara no es sinónimo de especial?

― No en esta casa, Daph. Tú siempre mostraste esa necesidad de preguntar todo, desde por qué llovía, por qué el cielo azul. Pero cuando decidiste estudiar astronomía, me quedé sorprendido. Siempre habías mostrado amor por la medicina, y de repente dijiste: “Voy a estudiar el cielo”. ― sonrió al recordar la epifanía de su adolescente Daph envuelta en grandes sudaderas y jeans, verla tan dispuesta a convertir su sueño en realidad. Miró a la mujer que tenía delante, tan hermosa, tan etérea. ― ¿Y ve que tenemos ahora? Una famosa científica, que quizás gane el Nobel algún día.

Las lágrimas tenues llenaron los ojos de Daphne, al oír los relatos de su padre. La dulce voz con la que hablaba le hacía sentir como si fuera aquella niña triste, que siempre necesitaba el confort de su padre.

― Lo recuerdo. Un día me gustaban los enfermos, curar personas, la sangre y al siguiente pasé a ver el cielo, y ya nada fue igual. ― Alzó la mirada al nublado cielo, y su padre imitó el gesto. A pesar de las nubes violetas que bailaban en la noche, podía distinguir algunas estrellas, y aquello ha hacía sentir feliz ― ¿Te acuerdas de “Odisea al espacio”?

Dan soltó un bufido, pero sonrió.

― ¿Qué si me acuerdo? Me obligaste a verla diez veces en un día. Esa y todo tu maratón de películas del espacio, extraterrestres.

― Y desde ese día mi amor por ti creció de aquí a Antares. ― contestó dándole un beso a su padre en la mejilla, y rodeándole el cuello. Sabía que su padre no entendía de Antares, pero desde hacía años había aprendido que su hija hablaría en otro idioma, y que ellos se entenderían en silencio.

― ¿Cuanto me querías antes de esa tortura? ― preguntó con una ascua de curiosidad.

― De aquí al sol. ― Al ver la mirada de su padre, sonrió y lo abrazó con fuerza. ― Es una gran distancia, pá.

― Mi científica loca. ― Le dio un pellizco en la nariz, como siempre lo había hecho.

Contemplaron el cielo en silencio, algunas nubes se iban y otras llegaban, pero las estrellas seguían ahí, fijas en el manto estelar, transmitiendo su brillo, su candor, su esperanza. La esperanza de que fuera detectada, de que fuera estudiada, y de que quizás, algún día, se pudiera visitar. Le habló a su padre de cosas generales del cielo, las mismas que le repetía en cada visita. Era su intento de acercarse a su hija, aunque cada visita se le olvidase, Daph adoraba cada momento con él.

La noche cayó por completo y el mundo parecía dormir. Su padre se levantó del porche y se olisqueó los brazos, las manos y la camisa.

― Bueno, ya se fue el olor, ahora sí, me voy a acostar. Vamos.

Con los brazos alrededor de sus piernas encogidas, Daph sacudió su cabeza.

― Vete tú. Yo me quedaré un rato aquí.

Caminó hacia los columpios, rozándolos con delicadeza, como reliquias en un estante. Se sentó en uno, acomodando su trasero de anoréxica, pensó con ironía, en el asiento. Empezó a mecerse y admirar el cielo, oculto entre nubarrones grises y claros. Había poca luz alrededor, y el cielo no tenía luna, así que podía ver las estrellas de esa noche. Identificó a Casiopea, el cinturón de Orión, y extrañó su dulce observatorio, a sus amigos, y a la vida que había decidido llevar.

― Daria, ¿Qué haces aquí tan tarde?

Con los talones de sus pies, detuvo el balanceo del columpio y se quedó quieta. Se dio la vuelta lentamente forzando una sonrisa educada.

― Hola Kane.

3 Reader's Opinion:

Marazel dijo...

me alegro de que hayas seguido con esta historia y que hayas encontrado un hueco pa publicar!! ^^

por fin se encontro con Kane!!
a ver que le dice cuando vea quien es...

besos y sigue pronto Naty

Faby dijo...

ohhh cielo mioo, que buena historia te traes entre manos!!
*ojos brillososo*

esta genial, no sé...esa Daphne me recuerda a tí XD, y está genial...me encanto su personalidad y su loca familia...
y que decir de Kane, que paso cuando eran más jovenes??

Me lo pido!! andaaaaaaaaleeeeeeee!!

loviuu peque, te seguire como siempre!!

Nataly dijo...

Tamara, miles de gracias por tu apoyo dulce, y ese encuentro promote, lo sé! ahahaha! besotes y gracias nuevamente!

FAbsdeja de andar de avorazada de hombres! ¬¬, a mi Kane no me lo tocas! y sobre D, en realidad se parece a una chica que conozco! hahahah! es I-D-E-N-T-I-C-A, pero cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia!


PS: No, Kane no se te va! ¬¬ con Josh es más que suficiente!